Mientras agoniza la luz, de Ángel Aristarco Alonso
Antonio Zarate
11 abr
3 Min. de lectura
En un mundo en el que la raza humana procura incesantemente joderse a quien se le ponga enfrente, escapar a otros mundos, al menos mediante la lectura, se antoja.
“Al Supremo Hacedor, al Colectivo Avispero, y a mis padres”, dice la dedicatoria. El maestro César Rito Salinas me enseñó a incorporar la dedicatoria y los epígrafes a la lectura de un libro. No sé si aprendí bien, pero esta dedicatoria me habla del contenido, del entorno y del estilo del autor.
En lo personal, por amarguetas, no me gusta lo meramente poético, pero no tengo nada en contra de ese lenguaje, lo que pasa es que cuando hay demasiada poesía, demasiada melcocha, no sé cuándo el escritor es un genio y cuándo sólo se está riendo de mí.
Pero en este libro lo que hay es lenguaje poético, y es sólo el vehículo para presentar un universo, no pretende ser el centro: “La luz de las velas se apaga, los zumbidos de los escarabajos también y tú te desvaneces dentro de la habitación”, es la frase que abre el libro en el cuento “Luces de colores”.
Cada relato tiene su traducción al zapoteco, pero yo zapoteco no sé, ni siquiera chatino. Era mal visto que los chatinos habláramos chatino, no se nos fuera a notar que éramos chatinos.
En la lectura me topo con una mujer que ha comenzado a perder la vista y cada día se acerca más a una luz que le será eterna. Pienso en lo que dicen algunos escritores acerca de exorcizar con la escritura los demonios que les habitan la memoria. Tengo un recuerdo que no puedo exorcizar ni con la escritura: el de una mujer de edad avanzada que esperaba ser operada de cataratas. Al salir del consultorio —yo estaba ahí acompañando a mi madre—, la anciana preguntó: ¿Cuándo dijo el doctor que vamos a venir otra vez? La hija le aclaró que no iban a volver: lo suyo era irreversible.
En “Mientras agoniza la luz” transitan personajes obsesionados con el pasado, que escupen continuos reproches consigo y con los otros, que muestran rabia ante un destino que ya no puede ser cambiado: “Ni siquiera notas que ya estás muerto. Piensas que sigues borracho. Te dijeron que al morir uno va al cielo a conversar con Dios, y ahora que lo buscas no lo encuentras”.
La muerte aquí no establece fronteras y los vivos conviven con los muertos, a veces inconscientes de lo imposible.
Para mí, que vengo de un pueblo —ladridos de perros y neblina espesa a todas horas—, estos personajes están en un mundo que me es familiar: costumbres, dichos, paisajes, labores.
Las escenas retratan el pensamiento de nuestra gente: “La podredumbre ha salido al aire; tal vez a los difuntos que están abajo les pesa el cuerpo de los de encima”. En donde alguien encuentra metáfora yo hallo literalidad: a los ancianos de nuestros pueblos les preocupa dónde se van a tender, lo que habrá de pasar con sus pertenencias y los pormenores de su velorio, como si tuvieran la seguridad de que estarán ahí observando sin poder dictar órdenes.
Mientras leía estos cuentos me venía a la mente otro título de Ángel Aristarco: “Vuelo de ensueños”. Puede ser verdad que, por los temas que nos obsesionan a los escritores, todos los libros de un autor podrían intercambiar el título.
Adentrarse en cada cuento de “Mientras agoniza la luz” es como entrar a un sueño y subir a una barca que atraviesa un manglar de imágenes cargadas de fantasía, de realismo mágico. Un vaivén entre la vida y la muerte.
La versión impresa del libro está disponible con el autor, y la digital es gratuita en:
El autor de “Mientras agoniza la luz”, Ángel Aristarco Alonso, nació en 1992 en Pochutla, Oaxaca. Es hablante del zapoteco de la Sierra Sur (di’stè). Es narrador y profesor de primaria. Forma parte del Colectivo Avispero. En el año 2014 ganó el Premio CASA.
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