Apuntes de "Hospitalidad", de Ernesto Toledo Grapain
- Antonio Zarate
- 28 feb
- 4 Min. de lectura

Tres años ya desde que se publicó, pero los libros, por suerte, no envejecen.
“Toño, compañero o colega de escritura", dice la dedicatoria. A Grapain lo conocí en el Colectivo Cuenteros. Es de los que aguantan vara con los comentarios. A todo responde sonriente. Alguna leperada se le habrá quedado entre dientes alguna vez detrás de esa sonrisa.
¿Por sus cuentos los conoceréis? Sus textos —algunos con guiños a su biografía— plantean universos en donde lo correcto es posible, o al menos una alternativa que sus personajes tienen casi siempre en primer plano, como sucede en “Más papista que el papa”, en el que un hombre pasa por un momento incómodo cuando su madre cree encontrar una moneda y unos niños la reclaman como suya —la habían dejado en el suelo como parte de un juego— , por eso después, tras encontrar un billete de doscientos pesos, el hombre se empeña en regresar este billete a su dueño, aun cuando todos le insisten en que debe quedárselo.
Mientras leo “Más papista...”, reconstruyo al autor. Recuerdo el día que, emocionado, me contó de la salida de su libro y de la promoción que se venía, de lo difícil que es colocar un libro en el gusto de los lectores.
Ernesto es originario de Santo Domingo Zanatepec, Oaxaca. Sus historias tienen raíces visibles en esa parte del istmo oaxaqueño. Allá nos remontan muchos de los escenarios y expresiones —”Ay, nana”... “Sola estás”—.
Dice el maestro César Rito Salinas: "Del lugar donde nació, de la gente que conoció en su infancia, recoge uno sus primeras historias y sus primeros personajes".
El título —Hospitalidad— es también el de uno de sus cuentos. Los compañeros del Colectivo Cuenteros lo recordaban como “El de la princesa inca”. No importa cuánto nos quebremos la cabeza para poner un título, al final tendrá el nombre que le ponga el lector: “el de la esposa celosa”, “el de la gata invisible”, etcétera. “El de la princesa inca es uno de sus mejores cuentos”, decían allá.
“Rafa” está escrito con esa técnica que llaman "tradición oral”, y que a mi, francamente, no me agrada mucho, a menos que el libro sea de algún amigo. Como el libro es de Grapain, me lo chuto. Pasa algo: si lo hace Guillermo del Toro es parte de su genialidad; si nosotros, simples escritores, no sustentamos, es falta de pericia. Pero de eso va "la tradición oral", de contar un cuento del mismo modo en que se hace mientras la gente va camino al trabajo o mientras el trabajo transcurre.
“¿Poeta?”. Este es mi favorito. Una mentada de madre —aunque sin leperadas— a quienes sienten que sólo ellos tienen el don de la escritura, que sólo ellos pueden decidir quién se puede llamar escritor y quién no, quién se merece estar donde está —o sea donde están ellos— y quién no. Le insistí a Ernesto en que al menos en este cuento se permitiera soltar una mentada de madre literal, pero no quiso. Nunca me ha hecho caso en eso de que en las historias que contamos tiene que haber harta leperada y harto sexo para que después de terminarlo el lector quiera esconder el libro, no ponerlo en su librero. De todos modos, la mentada está implícita, o sea soltada, como decía la Paquita, "con todo respeto". A Eduardo Salud le gustó también tanto este cuento ("¿Poeta?") que hizo un cover.
Algunas de sus historias de esta antología mezclan el humor negro con la inocencia de los personajes, como “Hospitalidad”, en donde un borracho y celoso esposo insiste en que su compañero de trabajo lo acompañe a cenar a su departamento para que conozca a la esposa; después, en que se quede a dormir. La tensión crece en el lector y su protagonista.
Otras, mezclan lo histórico con la ficción, como “La piedra del sol”, que plantea un desafortunado encuentro entre Manuel Gutiérrez Najera y Porfirio Díaz; o “El otro fierro” y “La moneda”, que transcurren en tiempos de la revolución mexicana.
Hay algunos con enredos y vuelcas de tuerca, como “El plan para enamorar a una mujer bonita”, “Cielito” y “Agentes rusos en la liga comunista 23 de septiembre”. De esos para disfrutar mientras se botanea con un totopo de 30 hoyos y un bupu.
También están esas historias que se convierten en una suerte de leyendas de su tierra, como el Brasil del mono (un cuento muy mono). “El valiente”, sobre dos hombres que se la tienen sentenciada desde su niñez, y que me recuerda a aquellas películas campiranas de Luis y Antonio Aguilar que disfrutaba en mi infancia. O “El humo del cigarro”, que me hace pensar en toda la burocracia por la que hay que pasar para tener acceso a los servicios públicos de salud y las ganas que me entran de mejor ir por unos huevos criollos o una gallina empedrada y consultar en otro lado.
En general, los cuentos de Grapain son como esos que escuchábamos de niños. No porque hablen de reinos encantados, sino por el lenguaje, que si bien es literario, es también cuidadoso en sus decires.
“Hospitalidad” es un libro que puede dejarse al alcance de los niños. Y Ernesto Toledo Grapain es de esos autores que esperan pacientes, sin claudicar, a que los lectores "volteen a leer" hacia quienes lo hacen desde la pasión por el oficio y no conforme a las reglas que llevan a la bendición de los Consejos Editoriales.





Toño, estoy muy agradecido por tus apuntes, principalmente por nuestra amistad y sin minimizar tus altos vuelos.
Gracias, amigo.